jueves, 1 de mayo de 2014

¿Quién pudo cometer aquello?

Leyenda castellana del blog "España eterna" de Pedro de Mingo leida por Tiny Gragera en su programa "El Asfalto" de Radio Union Catalunya. 




¿Quién pudo cometer aquello? (Leyenda Castellana Siglo XVI)

Corría el año 1550; el oro venía del Perú en galeones bien custodiados y acompañando el dulce tintineo, llenos de orgullo y acariciados por doradas esperanzas, también llegaban los propietarios. Uno de ellos, viejo, corcovado, con los ojos cansados de contemplar tesoros, desembarca en Cádiz. Era rico, y con el oro pensaba que podía comprarlo todo: hasta el amor. Se hizo largo el viaje hasta la Villa y Corte, pues recordaba que su amigo el médico del rey quedó tutor de una niña encantadora que ahora estaría por los 20 años y soñaba contagiarse de su juventud contrayendo matrimonio con ella.


Una vez todo dispuesto para la ceremonia, el viejo médico llevó a su pupila al palacio real. Don Felipe II siempre le había mostrado afecto y en esta ocasión le ofreció como regalo nupcial las trece monedas de oro que habían de servir de arras.
El casamiento se celebró con gran pompa. El anciano esposo había regalado a la juvenil desposada un magnífico traje blanco, bordado con perlas. De encaje de Bruselas era el manto, que le llegaba hasta su borde, y ocultaba su cara y sus ojos.... enrojecidos por el llanto.

Vino después el banquete, en el que los invitados, obsequiados hasta la saciedad, se tambaleaban en los límites de la embriaguez. Cayó la tarde; los criados encendieron las luces. La novia se había retirado a sus habitaciones, lejos del bullicio. Y en medio de la noche, cuando el anciano, pensando en su felicidad, comprada con oro, y a costa de las lágrimas de una obediente muchacha, fue a buscarla... no la encontró.

Alarmado, gritó a los servidores, recorrieron la inmensa casa, registraron los rincones, repasaron los salones del banquete, sin el menor éxito, y por último bajaron a los sótanos. Y allí, en el suelo húmedo, en un aire mohoso, pesado e irrespirable, la encontraron echada. El velo de encaje aún temblaba en su frente, el traje de perlas estaba teñido de rojo. Acercaron los candiles; entre sus manos sostenía el pañuelo bordado, trece monedas de oro a sus pies y un puñal florentino incrustado con gemas de colores, clavado en su corazón.


Horrorizados se retiraron en silencio el amo y los servidores. ¿Quién pudo cometer aquello?, aún queda en pie el enigma, sólo sabemos que el anciano a partir de entonces y hasta el final de sus días todo el oro que tocaba quedó manchado de sangre, y que por los sótanos de la casa se oyen gemidos, y dicen que alguien ha visto pasear, como un espectro, en las altas horas de la noche, a una dulce joven, envuelta en velos, haciendo tintinear en sus blancas manos las trece monedas de oro que vendieron su juventud e inocencia.